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La catedral sumergida

  • Writer: ISHTAR YASIN
    ISHTAR YASIN
  • Jan 13, 2022
  • 3 min read

Updated: Feb 2, 2022


Moscú. El viaje en autobús, y por la ventana, hileras de abedules. Junto a otros estudiantes becados, de todos los continentes, nos hospedaron en el gran hotel “Universitiet”. Era como estar en una torre de Babel.


Estamos en los últimos años de la Unión Sovietica y recuerdo por la ventana del cuarto, los inmensos edificios moscovitas, y los “caprichos de Stalin.”


Una muchacha rusa vino a buscarme al hotel con el objetivo de llevarme al “absheyitie”. Hacía frío y me cubrí con un poncho peruano que llama la atención. El paisaje se ve gris, en cámara lenta, la gente vestida con colores opacos. Es el fin del otoño.


Nos detenemos frente a un edificio de cinco pisos que parece una caja de música. Se escuchan decenas de melodías a la vez, con distintos instrumentos musicales y estilos. Es la residencia estudiantil del Conservatorio Tchaikovski. Allí viví durante un año, mientras estudiaba el idioma ruso.


La residencia esta frente a un jardín infantil y a una “Casa de reposo” (o clínica psiquiátrica). ¡Muy oportuno! … ¿Te acuerdas de aquel violinista argentino a quien se le paralizaron las manos? Y tuvo que ¡cruzar la calle! Él era primer violinista de la orquesta sinfónica en Buenos Aires, y los maestros soviéticos le cambiaron las posturas y ¡se le paralizaron las manos!


Y una tarde, Fernando, un buen amigo de Costa Rica, estudiante de clarinete, me invitó a un concierto en el Conservatorio de Moscú.


Bajamos del trolebús y caminamos hacia la calle Bolshaya Nikitskaya, donde está el Conservatorio, un edificio del siglo XVIII que fue la mansión de un aristócrata ruso. En la entrada hay una estatua de Tchaikovski, cubierta por una falda de nieve. Motivo de risas secretas entre algunos estudiantes. ¡Ah, esos latinos! ¡Se ríen de todo!


Un tumulto de gente corre y se amontona al lado de la puerta del “Gran Auditorio”. La empujan. Hay estudiantes del mundo entero, sobre todo soviéticos; algunos con personalidades raras o excéntricas, otros con intensos mundos interiores. Dicen que el carácter del músico depende del instrumento que ejecute y ¡es cierto! (para entender mejor ver “Ensayo de orquesta” de Fellini).


Le pregunté a Fernando: ¿Quién es el artista? Y él me dijo un nombre que nunca había escuchado, de un músico ruso que siempre daba conciertos sorpresivos; además fue alumno de este conservatorio y también maestro.


Un grupo de estudiantes empuja la puerta y nos unimos. Entramos al largo corredor con columnas y paredes amarillas y la acomodadora del teatro nos dirige hasta el segundo piso.


Nos sentamos en el balcón en primera fila y quedamos en silencio, todavía sin creer tanta suerte. Alrededor, murmullos y en las paredes retratos de grandes compositores. En el escenario, un antiguo órgano de madera y bajo una luz cenital, el piano negro de gran cola.


Última llamada. Las butacas se oscurecen y se hace un completo silencio. Aparece un hombre bajito, de cabello gris, anteojos, que sin perder la concentración se detiene al lado del piano y saluda al público. Estalla una ovación y él inclina la cabeza con sobriedad y se sienta en el banquito forrado de terciopelo.

Cierro los ojos. El silencio parece distinto, es parte de la música. Me impacta la fuerza del pianista, la precisión, la capacidad de crear intensidades y luego llegar a la suavidad, a lo casi imperceptible. Me dejo llevar.


Al salir del teatro nos alejamos hacia una calle solitaria y quedamos largo rato dando vueltas, sin hablar. Escuchando el eco de la música.


Y Fernando me dice:

-Lo que acabas de presenciar son las sonatas de Hayden y “La catedral sumergida” de Debusy. Y el intérprete, para que no lo olvides, se llama Sviatoslav Richter.


Al año siguiente, en 1986, Richter partió a Siberia en una gira y dicen que dio alrededor de 150 recitales. Llevaba su propio piano y tocaba en pueblos remotos donde no había sala de conciertos. Él prefería tocar en salas oscuras, donde apenas se ilumina con una lámpara la partitura, para que los espectadores no se distraigan con los gestos o expresiones del pianista.


En lo alto, con fondo rojo, hay un cartel gigante de Vladimir Lenin. La oscuridad del camino, el aire frío, la luz de los abedules, el sonido de los pasos en la nieve, los graznidos de los cuervos, el hielo frágil, resbaladizo, peligroso; abajo el agua helada del río Moscova.


Ishtar Yasin

México, agosto, 2015.




 
 
 

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