Coatlicue
- ISHTAR YASIN

- Jan 13, 2022
- 3 min read
Updated: Feb 2, 2022
“El ser humano se vincula a través del mito con el mundo y el misterio…” Carl Jung
La motivación de vivir en México, fue la necesidad y el objetivo de realizar la película “Dos Fridas”. Allí tuve la posibilidad de trabajar en la propuesta, nutriéndome de la cultura, la vida cotidiana y las expresiones artísticas.
En el año 1992, cuando presenté en Costa Rica una obra que escribí, dedicada a Frida Kahlo, asistió Martha Zamora, biógrafa de la pintora mexicana y autora del libro “El pincel de la angustia”. En ese entonces ella me contó sobre la existencia de una enfermera costarricense, llamada Judith Ferreto, quien cuidó a Frida en sus últimos años de vida.
Un año después tuve la oportunidad de presentar la obra en México, el antiguo edificio del hospital inglés, donde Judith por primera vez vio a Frida Kahlo, en 1949. Esto lo recuerdo por la importancia que ese evento tuvo para mí, pues desde ese día imaginé a Judith caminando por los pasillos, ella pasó a ser parte de mi mundo imaginario.
Más tarde, me reencontré con una amiga, Li Sáenz, y para mi sorpresa, me contó que Judith Ferreto fue su tía, a quién cuidó en Costa Rica, en sus últimos años de vida.
Racionalidad mítica
Como parte del proceso creativo de “Dos Fridas” he intentado comprender la cosmovisión de los pueblos antiguos de México y su pensamiento mítico. Ellos, como otros pueblos originarios del mundo, parten de la observación de un fenómeno natural y lo transforman en un mito. Este nos trasmite de una forma simbólica un conocimiento científico y al mismo tiempo, más allá de una explicación lógica y racional, algo que surge de nuestro instinto, de los sueños, pues está en contacto directo con lo inconsciente.
Los pueblos indígenas se encuentran sumergidos en el ambiente de los mitos, que son “sueños colectivos” (Paul Westheim). De allí nacen los ritos que “dan sentido a la existencia”. El ser humano es servidor de las deidades, que representan las fuerzas de la naturaleza, los misterios, y el “artista” es un ayudante en la tarea de sostener el orden cósmico, la armonía de la comunidad.
La unidad cósmica determina la concepción artística y se manifiesta a través de lo oculto, lo mítico-mágico, de energías incorpóreas, expandiendo el espacio y el tiempo. El pasado, presente y futuro se funden en una unidad y el principal elemento creativo, el ritmo, sin principio, sin fin y sin meta, es la invocación, el anhelo, la oración, el rezo, el conjuro y la ofrenda.
Como un principio esencial en la conformación de esta racionalidad mítica existe el dualismo. Es al mismo tiempo muerte y renacimiento, atracción y repulsión. Es la unidad de la contradicción.
La dualidad se manifiesta en las obras, que pueden ser una y muchas al mismo tiempo: blanco y negro, positivo y negativo, siempre es dualidad.
Ometecuhtli y Omecihuatl, don dos deidades que conforman una sola unidad. Es la fuerza de lo masculino y lo femenino, el dualismo en movimiento, el rector de todo el universo. No hay limitaciones.
Edmundo O'Gorman dice que el mundo mítico tiene una fluidez que le es esencial y que autoriza todas las fusiones.
Y afirma Paul Westheim “He aquí el problema estético del racionalismo artístico donde las concepciones metafísicas tienen que ser representadas con recursos realistas o ilusionistas. El arte clasicista se empeña en que hasta lo divino se vuelva “verosímil”, para los que carecen de capacidad imaginativa. El criterio de la verosimilitud es absurdo y es tan absurdo aplicarlo al arte prehispánico como a cualquier creación visionaria, no realista. …”
Pienso en Antonin Artaud, en Jersy Grotowski, también en Pier Paolo Passolini… Ellos se inspiraron en esa percepción de la vida, una búsqueda artística y mítica, aprendiendo y recreando los ritos de culturas ancestrales.
Y así, me inclino con asombro ante el monolito de la diosa Coatlicue.
Ishtar Yasin
México, junio, 2015




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